Víctimas y violencia

El hecho que reviste mayor gravedad a la hora de considerar la realidad de la violencia más extrema, que se traduce en mutilaciones y muerte de los afectados -más allá de este resultado- lo constituye la utilización interesada del mismo por parte de muchos sedicentes agredidos. Estos consideran la violencia que les afecta como la muestra más definitiva de la perversidad de sus adversarios.  Convencidos de la justicia de su causa no muestran ningún interés en considerar la posibilidad de que los agresores perciban igualmente que ellos mismos son los objetos de la agresión.

Con independencia de que nuestra cultura occidental haya definido con claridad el valor de la no violencia, lo cierto es que sigue utilizando de modo sistemático los instrumentos violentos. La realidad de la violencia en su expresión extrema de la destrucción de la vida es un hecho de alcance universal. La primera exigencia que afrontamos es la de llevar la reflexión al individuo –el hombre de la calle, que se dice- al objeto de que se reconozca violento, cuando él mismo no se considera tal. La obligación de mayor alcance, sin embargo, es denunciar al gobernante, al político, al periodista… y todo otro ser humano que forma parte de la estructura del poder político y social, por impulsor de la violencia que dice rechazar. No sé si es necesario recordar una realidad a nivel planetario. Podemos dejar a un lado la violencia que recae sobre afganos e iraquíes, o en cualquiera de los múltiples escenarios en los que asoma, impulsada, respaldada o consentida por los dirigentes de nuestro ámbito existencial. Únicamente nos hacemos cargo de la importancia de la misma cuando sus secuelas son cercanas.

Al objeto de disponer de una perspectiva más exacta sobre la materia, es obligado recordar la brutalidad de los conflictos bélicos que han afectado a Europa en circunstancias tan cercanas como las dos Guerras mundiales o la del 36 española. En ellas tuvieron lugar episodios tan sórdidos como el bombardeo de ciudades indefensas como Dresde, Hamburgo y tantas otras. Por parte de los americanos se lanzaron los artefactos exterminadores atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. En la propia Europa los polacos exterminaron a un entorno de 7.000 alemanes civiles en los días siguientes al ataque de Hitler. Ninguno de estos acontecimientos puede ser aducido como justificación del Nazismo, ni del Imperialismo japonés. Si se me apura recordaré igualmente –en nuestros tiempos actuales- los crímenes que llegaron a cometer algunos bosnios en contra de croatas y serbios. Desde luego, a la hora de hablar de genocidio, debe entenderse por tal el cometido por los croatas y serbios sobre los bosnios. De la misma manera las matanzas de derechistas y clérigos españoles llevadas a cabo por elementos republicanos no conceden la mínima justificación a Franco para su ataque a la legalidad republicana, ni mucho menos, a la represión que ejerció sobre sus oponentes.

No voy ahora a delimitar los mejores derechos para estos desmanes en función de la mayor o menor inocencia de los masacrados. En todo caso, nos debería abrumar una realidad de la que nuestra pretenciosa alta cultura no ha conseguido desprenderse. Realidad que se nos hace presente cuando nos mostramos decididos a la utilización de los poderosos medios de destrucción masiva de que hacen alarde la casi generalidad de los Estados ¡Por favor, que nadie tenga el atrevimiento de justificarlos por las buenas intenciones que mueven a tenerlos!

Se tiene tendencia  a dar por hecho la legitimidad de la violencia propia con la simple circunstancia de que nuestro opositor nos dispute de manera activa cualquier parte de lo que reclamamos como irrenunciable desde un punto de vista individual o colectivo. Ya dice el adagio…”dos no riñen, si uno no quiere”… La violencia normalmente es consecuencia del conflicto de intereses. Obligado es de entrada reconocer la existencia del conflicto. Se entiende que ciertos generadores de violencia se obstinen en negarlo, porque consecuentemente tendrían que reconocerse culpables. En esta dirección es posible abordar la cuestión de violencia en los territorios de la Nación navarra con la mirada puesta, no ya en solventar unos episodios  tan negativos, sino para facilitar la resolución democrática –y aun amigable para el conjunto de los interesados- que se prolonga a lo largo de tantos siglos.

Y es desde esta perspectiva desde la que debe ser abordada la cuestión. Quienes detentan la soberanía estatal sobre Navarra, pretenden que nuestra sociedad asuma la percepción que a ellos mismos interesa  en relación con la violencia. El sistema jurídico que  han impuesto debe ser refrendado en la conciencia de los sometidos. Se obliga a éstos a que asuman que no es legítimo oponerse a su Estado de derecho, y que tal oposición aboca finalmente a la violencia, ejercida injustamente por los defensores de nuestra soberanía. A este fin debe estar dirigido el conjunto de los valores de nuestra sociedad, desde el mismo sistema institucional, pasando por el trabajo de los instrumentos culturales y mediáticos, hasta la propia educación. Ha sido meridianamente claro el representante del P.P. vizcaíno Basagoiti. Sí o sí. Contundencia propia delautoriitario que no admite un no como respuesta.

La perversión del planteamiento español, al que ciertos elementos soberanistas no se atreven a enfrentarse, descubre la indigencia moral de sus impulsores. A decir verdad, no es nada nuevo. La ideología española que ha cubierto el actual proyecto de Estado, ha precisado de una hagiografía y martirologio que reafirmase la bondad del sistema político actual frente a la maldad de quienes se le oponían. Al igual que la Iglesia Católica ha elaborado su propio imaginario, lleno de mártires y santos, con el que se pretende justificar la verdad inmutable de su doctrina, los nacionalistas españoles apoyan la justicia de su causa en el martirio –más que crímenes- de personajes como Ordóñez, Pagazartuondoa y el gobernador Jaúregui; sin mencionar a otros como Blanco y demás.  Es cierto que todo colectivo exalta los valores de sus propios mártires y santos y como expresión de la defensa de unos valores se entiende esta exaltación. Otra cosa sucede con la percepción que la  Humanidad en general tenga al respecto ¿En qué medida son héroes los soldados alemanes y japoneses de las Guerras mundiales? Puedo extrapolar la cuestión a otras circunstancias.

Desde el respeto que merece una persona alevosamente asesinada, es denunciable la utilización que puedan hacer del crimen sus correligionarios. Constituye una perversidad pretender el reconocimiento social de las víctimas atendiendo a la trinchera en que cayeron. La constitución y funcionamiento de un departamento organizado hace años por el gobierno vasco, dedicado con exclusividad al reconocimiento de las víctimas causadas por E.T.A., es muestra acabada de lo que aquí se comenta. La misma consideración merece la conmemoración pública efectuada sistemáticamente de las personas mencionadas más arriba, a quienes se recuerda en las efemérides de la prensa y protocolos institucionales. Son olvidados Mikel Zabalza, Angel Berroeta y demás. Se entiende que la denuncia del crimen y elogio del asesinado responde a la realidad objetiva por la afrenta que ha sufrido, de ahí la irritación causada por tan lamentable discriminación.

Los implicados en este contrafuero permanente se han atrevido a dar el salto sin red de imponer en la enseñanza su excluyente punto de vista, llevando –como dicen- el sufrimiento de las víctimas a las aulas. Son conscientes del rechazo que genera tal pretensión en el seno de la sociedad vasca. En su obstinación acusan de sensibilidad escasa, cuando no de una actitud malévola a sus oponentes.  Dirigen esta acusación a una sociedad –la navarra- que viene sufriendo desde la época de Franco los desmanes institucionales españoles, incluyendo muertes, encarcelamientos, tortura y represión en una medida que solamente tiene lugar en los países sojuzgados y, desde luego, actualmente en ninguno de Europa occidental; todo ello por la reclamación permanente de su libertad frente a los Estados francés y español que persisten en sojuzgarla. Es éste un hecho histórico que demuestra con su permanencia la existencia del conflicto que tortura a Navarra ¡Ni los grandes libros de la Historia, ni los manuales nos dejarán mentir! Tampoco a quienes desde la prepotencia tienen el cinismo de negar la existencia de este conflicto, llámense Basagoiti, Zapatero o Patxi López.

Sí, estamos obligados a ser claros y denunciar el comportamiento de unos agentes político-sociales –españoles- manifiestamente perversos. La denuncia hecha en este escrito a esta manera de actuar, se apoya en la convicción de la mayoría de nuestra sociedad de que el conflicto que nos afecta en su forma actual es responsabilidad  de tales agentes. Dos aspectos presenta tal conflicto. El primero de ellos se refiere a la violencia de que son objeto cualesquiera individuos a quienes se señala por mostrar una actitud de rebeldía extrema frente al Estado español. Ellos y sus entornos familiares y sociales serán objeto de la violencia institucional española, más allá incluso de lo meramente razonable en los casos de individuos que han incurrido en hechos violentos con consecuencias traumáticas e irreparables. Detenciones, prisión, destierros que se hacen recaer sobre los familiares… No voy a afirmar que esta manera de actuar recuerda a Franco, porque es muy similar a la de cualquier sistema fascista contemporáneo. El segundo aspecto se refiere al factor desencadenante del contencioso. No es otro que la decisión de España en mantener sujeta a la Nación navarra. La falta de legitimidad española en este terreno la convierte en principal responsable del conjunto de secuelas derivadas  que he citado en el primero de estos aspectos.

La pregunta a realizar debe ser dirigida a quienes se consideran con derecho a una discriminación con respecto a los muertos de la trinchera de enfrente. Peor es aun la responsabilidad que tienen la totalidad de instituciones que configuran el Estado español, sus organizaciones políticas y el conjunto de organismos culturales y demás. Todos ellos actúan al unísono en la tarea de exaltar a sus víctimas y justificar la afrenta y castigo de quienes de una u otra forma son contemplados como cercanos a sus asesinos. El resultado es la detención, tortura y entrada en prisión de quien es y de quien no es. Aun es peor cuando como consecuencia de estas actuaciones se produce la muerte de implicados y sospechosos.

Desde un punto de vista que se pretende ecuánime y justo –ético gustan decir- España y sus defensores están descalificados para acusar a nadie de promover la violencia. De hecho, si se procede a un análisis adecuado y correcto de la realidad de la violencia física, España y el conjunto de sus instituciones superan en distancias galácticas cualquier grado de violencia de la que acusan a sus oponentes. La comparación en términos cuantitativos en los que se suele caer  cuando se abordan debates de esta índole, puede dar la sensación de que quita importancia al hecho del asesinato, porque éste incide sobre pocas personas, especialmente cuando los contendientes defienden la superioridad de su causa. No es mi intención minimizar la importancia de este hecho, ni la consideración de quien la lleva a cabo sin contemplaciones. No dejará de sobrecogernos un hecho de esta índole en una reflexión serena.  Hecho por el que la totalidad social debía trabajar para erradicarlo.

Lo que es finalmente decisivo en este escrito es la manipulación que pretenden culminar los mayores responsables del conflicto. La reivindicación de las víctimas es insoslayable por la crueldad de que han sido objeto. Tendríamos que preguntarnos si todas ellas son acreedoras a la misma. E.T.A. no se tiró al monte de manera gratuita, sino para responder a la brutalidad de la agresión española de la mano del franquismo ¿Carrero Blanco y Melitón Manzanas son dignos de respeto? A nadie se debe matar, decía un sacerdote navarro, a propósito del último, aunque es difícil condenar a quienes lo han hecho en este caso… nos encontramos ante el mismo dilema que puede tener quien se encuentra, en contra de su voluntad, en la disyuntiva de aplicar la violencia a una persona violenta de manera objetiva y permanente… no es de recibo que a quien ha torturado y  reprimido de modo directo sea colocado en el rango de las víctimas.

Esto es lo denunciable, al igual que la marginación de las víctimas contrarias; tanto más cuanto la última responsabilidad pertenece a un Estado de hecho, obligado más que nadie a la legalidad. No hay nada equiparable entre la manera en que E.T.A. ha tratado a sus secuestrados y la forma en la que ha actuado en este terreno el conjunto institucional español. Insisto nuevamente. Este dato no debe ser minimizado en su real alcance, ni disminuye la responsabilidad por los sufrimientos que se hacen pasar a las víctimas.

No voy a seguir argumentando en base a la entidad cuantitativa de los hechos a denunciar. Únicamente descalificar los planteamientos impuestos por los parlamentos de la C.A.V y la C.F.N. dirigidos igualmente a contraponer las víctimas de un bando con las del otro. Afirmar que las víctimas de E.T.A. son acreedoras a una distinción diferente, equivale a incurrir en la denigración de que acusan partidos e instituciones oficiales a quienes se oponen a sus puntos de vista. Lo más grave es que en muchos casos -por citar, mencionaré el cruel asesinato de Mikel Zabalza- no han obtenido tan siquiera el reconocimiento de que han sido asesinados. La decisión de la Audiencia Nacional negándose a atribuir el calificativo de terrorismo a las actuaciones del G.A.L. rebasa la desvergüenza de quien parece encontrar una suerte de justificación en los crímenes de Estado, porque  su intencionalidad se dirigía a la defensa del mismo Estado

Es denunciable, en consecuencia, cualquier planteamiento que haga esta perversa distinción entre las víctimas. Se entiende que sean los franquistas y sedicentes socialistas sus impulsores. Es mucho lo que tienen que ocultar. Que incurran en este pozo los presuntos progresistas de I.U. y BATZARRE, obliga a recordarles de donde vienen y quiénes son. Recordaremos a los primeros su estrecha vinculación al P.C.E. y no por los desmanes en que incurrieron con ocasión de la Guerra del 36 ¿No apoyaron e impulsaron la resistencia de los maquis en contra de Franco? Entonces los enfrentamientos se dieron con mucha frecuencia con la Guardia Civil y el Ejército español, pero las actuaciones individuales que afectaron a civiles, no siempre responsables, son similares a las desarrolladas por E.T.A. Esta organización en realidad se propuso imitar a la tradición europea de la resistencia directa. I.U. consiguió que las Cortes españolas declarasen luchadores por la libertad al conjunto de los maquis antifranquistas, sin distingos. En el parlamento de la C.F.N. ha tragado la condena de E.T.A.

En cuanto a Batzarre no sabemos si acaba de encontrar su camino de Damasco o del muro de las lamentaciones de Jerusalén. Organización política que en el pasado arremetía en contra de quienes criticaban a E.T.A. -y con virulencia notable- hoy hace penitencia ante U.P.N. y P.S.O.E. Repasando mi existencia no puedo olvidar a aquel compañero que a raíz del asesinato  de un ingeniero de Lemoiz -en los primeros años 80- me ridiculizaba con contundencia por haber apoyado una protesta contra E.T.A. Varios decenios más tarde, tras reconvertirse a los planteamientos del P.P. intentaba hacer recaer sobre mi condición de soberanista la responsabilidad de las actuaciones de la organización ¡Lamentable traspiés de unas organizaciones que forzosamente tienen su origen en Stalin!

Al concluir este escrito –más allá de la necesaria renuncia de E.T.A. a la prosecución de su estrategia, con la mirada puesta en la constitución de un escenario más adecuado a los objetivos soberanistas e insistiendo en la urgencia de reducir al máximo el sufrimiento de nuestro Pueblo- no queda sino transmitir a los responsables del sojuzgamiento de esta nación –las organizaciones partidistas españolas en general- la oposición radical en la que nos encontramos, que nos impide en cualquier caso acordar soluciones comunes, en tanto no modifiquen su actitud. No podemos estar juntos con U.P.N. y P.S.O.E. en la condena de la violencia por todo lo dicho hasta aquí. Ellos son los responsables del conflicto, como lo fue Hitler de la hecatombe de 1945. Cuando nuestro oponentes hablan de democracia y paz, nos recuerdan a tan siniestro personaje, encerrado en el tenebroso bunker de Berlín y gritando en su testamento que no había querido la guerra, que fue responsabilidad de los judíos. Es ésta una práctica muy extendida entre los tiranos, intentar desviar hacia sus víctimas sus propias responsabilidades.

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