Navarra, Europa, España
La presente coyuntura de crisis es buena ocasión para reflexionar sobre nuestras perspectivas. Hemos contemplado recientemente la insensatez del presidente de la Comunidad foral de Navarra, despreciando la participación en el marco natural de las relaciones territoriales que se pretende articular en este espacio que se extiende entre el Garona y el Sistema ibérico, que incluye a la C.AV y Aquitania. Es difícil entender si esa actitud obedece al miedo no reconocido de que se hunda el imperio de U.P.N.- P.S.N., o a la estulticia. Probablemente a ambos, pero no por ello deja de causar irritación una actitud en la que estas fuerzas actúan, como si la región autónoma que dominan fuera su finca propia.
Estos grupos políticos han funcionado durante decenios, prevalidos de los relativos buenos resultados socio-económicos; resultados que responden a los esfuerzos de una sociedad trabajadora y la marcha positiva de la economía mundial y europea. Han confundido estos factores con su mal-hacer y creído que podían manipular la situación, arrancando a la autonomía que dirigen de su marco natural e histórico; aplastando al mismo tiempo a aquellos sectores de la colectividad que no se acomodan a sus intereses. Esos grupos han llegado a convencerse de que nuestra sociedad se identifica con ellos, cuando no hace otra cosa que seguir inercias, mientras se mantengan ciertas pautas de funcionamiento por parte de la administración, pautas que se espera no modificarán negativamente el estatus existente. Los administradores de esta comunidad autónoma no creen necesario ningún análisis de la situación. Su Navarra es la finca de la que extraer rentabilidad ellos y sus amigos.
No han contemplado otra perspectiva que la obtención de dinero fácil, favoreciendo inversiones especulativas y utilizando los recursos públicos en operaciones que benefician a los amigos. Si todavía en momentos cercanos se consideraba que la administración navarra resultaba más racional y con menor corrupción, los actuales gestores se han encargado de adecuar nuestros valores a los españoles. La administración de U.P.N. gobierna pensando únicamente en aquellos sectores que aceptan el actual marco jurídico del denominado “amejoramiento”. Los propios portavoces de los partidos que controlan la administración de la C.F.N. no tienen reparo en manifestarlo y lo pone en evidencia el mismo presupuesto de la comunidad foral que atribuye partidas en función de la afinidad política y nunca atendiendo a los intereses de los colectivos que integran nuestra sociedad. Quienes no acepten el marco institucional presente deben ser marginados y sus planteamientos hostigados. Expresión de lo que se dice son Miguel Sanz y Yolanda Barcina. Poco importa que sociológicamente el idioma autóctono –Euskara- sea apoyado mayoritariamente, o que otras expresiones de identidad cultural encuentren apoyos masivos. La distribución de los fondos públicos es todo, menos equitativa y tiene lugar atendiendo a la afinidad ideológica con los administradores; en modo alguno a la contribución que realizan los administrados a la hacienda pública, ni a sus expectativas. A decir verdad, esta situación viene posibilitada por el marco institucional estatal, que se encuentra empeñado en anular las aspiraciones nacionales representadas por los sectores a los que se busca marginar.
La displicencia con la que miran nuestros soportados gestores los acontecimientos, manifiesta igualmente la falta de perspectiva de que adolecen. Los datos macroeconómicos parecen siempre favorecer su gestión, mientras se niegan a aceptar el contexto general en que nos encontramos todos. No parece importar la alarmante cifra de parados –en torno a 40.000- ni los EREs que destruyen el tejido industrial. El autodenominado Gobierno de Navarra pretende acallar los temores ciudadanos proclamando que los indicadores económicos de la C.F.N. son los mejores del Estado y llamando a la reactivación económica con gestos rituales, inútiles para modificar la realidad. No aparece ningún rasgo de autocrítica, mientras se recurre a prácticas que sirvieron en otros momentos, esperando que las aguas vuelvan a su cauce. Pero como gusta decir a muchos, la realidad es tozuda.
Las limitaciones de esta Navarra se hacen más patentes en los momentos de crisis; cuando se resiente una economía que insiste en mantener las pautas de los periodos de crecimiento, negándose a reconocer que las dificultades responden en gran medida a deficiencias estructurales. No es de recibo pretender obviar el contexto general. En este terreno hay que ser humilde y valiente. Humilde para aceptar que los éxitos de los momentos positivos obedecen en mayor medida al impulso insuflado desde el exterior europeo y mundial que a nuestros propios méritos; valiente para tomar las decisiones pertinentes que faciliten la corrección de los defectos estructurales del tejido económico y, sobre todo, para reconocer que no es posible hacer frente a los retos económicos de nuestra comunidad, caso de seguir supeditados a intereses extraños. El control de los recursos materiales representa una de las facetas claves para el futuro de cualquier colectividad ¿En qué medida se puede afirmar que la C.F.N. controla su economía?
Los responsables de la administración navarra adoptan la actitud insensata de no querer tomar en cuenta estas circunstancias. Se sienten cómodos en su condición de mandados por parte de los españoles y se resisten a entender que no son sino los peleles de otras instancias, para las que Navarra es simplemente un territorio a explotar, que tiene además la pretensión de disponer de una autonomía y control de unos recursos que son en cualquier caso de España. Satisfechos de su papel de segundones, no ven otro peligro que el de los navarros conscientes que reclaman de una manera consecuente la soberanía. Cualquier planteamiento en este terreno genera los celos ante el temor de perder la situación de privilegio en que se contemplan frente a la colectividad navarra.
Pero aquí está la terrible realidad, la de una España lastrada por los viejos defectos de un proyecto nacional que persigue construirse sobre la prepotencia de la imposición en contra de las naciones que reclaman su propia soberanía. Hasta ahora el proyecto ha parecido viable, especialmente durante los decenios que han seguido a la desaparición de Franco. En este terreno han trabajado el conjunto de las elites económicas, sociales y culturales. La sociedad española en general ha asumido el discurso –vendido por sus dirigentes- que hacía de España una gran Nación, social y económicamente avanzada, capaz de codearse con otras naciones que en el Pasado miraban a los españoles por encima del hombro y que se había convertido en paraíso para tantas gentes venidas de todo el mundo –incluso de Europa del Este- en meta soñada en la que encontrar la solución para su vida; el reverso de la España pobre que históricamente se vio obligada a expulsar a tantos de sus hijos, ante la incapacidad de proporcionarles medios de vida. Excesiva confianza ante la percepción de que se había alcanzado a los grandes Estados. Esta auto-percepción se ha traducido en prepotencia. Al español sus dirigentes le han hecho servil, acomplejado ante el fuerte, y así se ha manifestado hacia el exterior, cuando ha considerado que se encontraba ante alguien poderoso. Pero el español contemplando a sus dirigentes ha aprendido también ha erguirse ante el débil. …“España y yo, señora, somos así”… hace decir Marquina a uno de sus personajes. El resultado lo vemos en el momento presente ¿Debacle económica? Veremos la marcha de las cosas.
Situación preocupante para quienes la contemplamos desde la perspectiva navarra. Resulta difícil creer que sus efectos no nos afecten. En cualquier caso es momento de reflexión global. Es cierto que nuestra suerte se halla ligada en todos los órdenes a la marcha de los acontecimientos mundiales. No estoy proponiendo que nos escapemos de la Tierra, ni que abandonemos el marco estratégico de Europa occidental, a cuya suerte nos encontramos ligados por razones históricas. No obstante, resulta imprescindible que seamos los dueños de nuestros destinos, al menos en la misma medida que otros consideran esta condición imprescindible para su propia existencia. El proyecto nacional español pasa por nuestra sumisión nacional e implica muy serios condicionamientos en el terreno económico en general. No es únicamente un problema de gestión de nuestros recursos, sometidos a los intereses económicos españoles. Lo más grave del mantenimiento del actual marco institucional es el avance que ha tenido lugar en las actitudes de corrupción administrativa y favoritismo impulsadas por los gestores políticos y sociales de la C.F.N., sino también la progresión de una manera de concebir la economía como simple palanca de acumular dinero a través de la empresa pública y privada y la falta de perspectiva a la hora de entender que solamente el progreso en la adaptación de las estructuras económicas a las exigencias mundiales garantizan el futuro de nuestra colectividad.
Insisto, no hay otra solución que la recuperación en todos los órdenes del control sobre nuestros recursos, lo que garantiza el futuro de Navarra. En este terreno no queda otra solución que el desplazamiento de los actuales dirigentes –partidos, sindicatos oficiales, etc.- Resulta insoslayable con el fin de poder invertir la dirección de las cosas y trabajar para que en otras crisis futuras tengamos la adecuada capacidad de maniobra.