Identidad y burka

Cuando inicio este escrito, no tengo la intención de llegar a conclusiones, sino la de plantear cuestiones que afectan seriamente a nuestra placidez racional de europeos y occidentales. Hasta el momento habíamos contemplado a otras culturas como realidades externas. Nos hemos considerado como conformados por una racionalidad sin fisuras, incluso cuando desde nuestra perspectiva presente contemplábamos nuestro pasado cargado de prejuicios. La capacidad que ha tenido nuestra sociedad para superar muchos de ellos nos ha llevado a concluir que otras sociedades deben recorrer el mismo camino que nosotros.

Es cierto que los valores proclamados por la cultura occidental son los más equilibrados y adecuados para una sociedad madura y avanzada. La libertad individual, el respeto de las opiniones y actitudes ajenas que no contradicen otros derechos individuales; una organización política que tiene como fundamento la voluntad mayoritaria en lo que se refiere a la designación de mandatarios y la igualdad ante la ley…, representan valores irrenunciables. Los occidentales no aceptamos que puedan existir grupos humanos que se resistan a asumir tales valores. No somos conscientes de que nuestra cultura ha mantenido durante largos espacios históricos planteamientos muy similares a los que denostamos en otras áreas culturales. No resulta fácil encontrar una solución. En épocas no tan lejanas la mayoría social ha considerado a los ateos auténticos apestados y libertinaje actitudes sexuales como las actuales. Dejo a un lado aspectos básicos, como son el sometimiento a los mayores y el respeto de las jerarquías sociales, por nacimiento o simple posición social. Hoy provoca repulsión la defensa de estas actitudes, o la pretensión de los clérigos de cualquier creencia religiosa de imponer sus planteamientos por encima de lo que se entiende como racional por la sociedad en general.

Si muchos de nosotros no hubiéramos vivido en situaciones que encajan en tales esquemas, resultaría difícil entender tal realidad. Fuimos educados en una escuela fascista, impregnada del nacional-catolicismo, nos imbuyeron la imagen de los clérigos como las personas más excelsas y dignas de crédito, el respeto a quien ejercía la autoridad por el mero hecho de estar recubierto de ella y el recelo hacia el sexo opuesto por el riesgo, no tanto de la relación sexual, sino, simplemente, del conjunto de implicaciones que existía en cualquier contacto entre miembros de diferente sexo. De alguna manera podemos considerar que nos encontramos a la salida de la cueva por la que ha transcurrido el devenir de la cultura occidental hasta los tiempos presentes. En la actualidad esta cultura nuestra se encuentra desplegando las últimas consecuencias de planteamientos críticos iniciados por individuos de carácter libre, a partir de la baja Edad Media y periodos siguientes. Al mismo tiempo se socializan todas las implicaciones de esos planteamientos. Las generaciones que han seguido a quienes nacimos a mediados del siglo XX, parece que han pasado el punto de no retorno y por todas partes –incluso en colectivos e individuos que se consideran de derechas- se asumen como irrenunciables actitudes y valores impensables en el Pasado.

Al mirar hacia afuera, contemplamos en la mayor parte de las culturas de la tierra el predominio de todos los prejuicios recién abandonados por nosotros. El espectáculo nos resulta horripilante; sometimiento generalizado de la mujer –que llega a ser objeto de mutilación sexual y asesinato legal- acrecentamiento del sentimiento religioso, particularmente en el mundo islámico con una carga de intolerancia insufrible, imposición autoritaria del poder político y desconsideración completa con respecto al valor del individuo, sometido a condiciones de trabajo y vida verdaderamente lamentables. Con el simplismo maniqueo de los prepotentes denunciamos unas situaciones que bajo ningún concepto queremos que se instalen entre nosotros.

A la hora de considerar esta realidad nos puede embargar una gran duda. ¿Debemos imponer a esas colectividades nuestro sistema de valores, o es mejor esperar a que evolucionen ellas mismas, para que los hagan suyos? A decir verdad, no sé qué responder. Entiendo el derecho de cada individuo a decidir sobre lo que le atañe, mientras contemplo a las citadas colectividades en las que se imponen socialmente –clérigos, hombres…- flexibles a la hora de dejar a estos últimos que modifiquen sus pautas de conducta –vestimenta, libertad sexual- mientras obligan a sus compañeras, en la mayoría de los casos, a mantener los viejos hábitos. Parece que muchas mujeres musulmanas asumen tales planteamientos, porque se identifican con su sociedad y cultura. Está claro que muchas otras quieren liberarse de esas exigencias sociales y se encuentran con resistencias internas insuperables. En un esfuerzo por comprender estas contradicciones, me parece interesante recordar lo que ha sido norma muy reciente en nuestra propia cultura –y en algunos casos lo sigue siendo de modo residual-. Entre nosotros han estado vigentes los burkas de piedra y hierro de los conventos de clausura femeninos y los clérigos de algunas confesiones –la católica especialmente- no ceden a ningún clero musulmán en su pretensión de imponer su criterio a las sociedades.

La existencia de sensibilidades tan opuestas como las representadas por la actual cultura occidental de libertad de costumbres e individuales o la musulmana, todavía lastrada con los viejos prejuicios, no presenta mayor problema cuando ambas no se encuentran en contacto. En todo caso, no estará de más recordar que el mundo musulmán ha sido históricamente más avanzado y tolerante que el cristiano. La Europa cristiana, desde la Edad media a las revoluciones contemporáneas, ha perseguido a los no cristianos y a todo disidente. El mundo musulmán constituyó el refugio de judíos y cristianos de todas las confesiones. Esta ecuanimidad fue soliviantada por la intervención de los europeos a raíz del proceso de expansión colonial que tuvo lugar durante los siglos XIX y XX. En este momento los colonizadores europeos apoyaron la propagación de las confesiones cristianas por todo el mundo colonizado. En los territorios de religión islámica el Cristianismo fue considerado como un elemento más de la imposición europea. La construcción de iglesias fue paralela a la implantación de ejércitos y administración extranjera, con independencia de que las poblaciones autóctonas no modificasen su actitud al respecto.

Nos encontramos con muchos elementos que no permiten llegar a conclusiones, atendiendo únicamente a los valores del debate que pudiéramos denominar más objetivos. Es obligado reconocer lo más adecuado de los planteamientos y actitudes vitales de la cultura occidental. No debe, en cualquier caso, perderse de vista que los mismos son resultado de un desarrollo cultural complejo; en él hay que incluir desde el nivel tecnológico y científico en general, hasta los valores individuales y sociales, producidos durante un largo proceso de desarrollo intelectual. El proceso se remonta a varios siglos atrás. La cultura tecnológica occidental es autóctona, no importada, y se ha desarrollado paralelamente a los valores sociales.

El mundo musulmán se percibe agredido de una manera particular; en mayor medida que ninguna otra cultura no occidental. Las colectividades musulmanas implantadas en territorios europeos parece que se han mantenido impermeables, en mayor medida que las de otros orígenes. Este hecho constituye un factor inquietante, porque la reafirmación de la identidad islámica termina por considerar al occidental como adversario y enemigo. El laicismo parece que gana la batalla en el seno de la cultura occidental. A pesar de todo, el referente cristiano –aunque no sea sino un vago sentimiento de origen- se encuentra todavía fuertemente arraigado en nuestra cultura. Aún es posible denominar a los países europeos como protestantes y católicos, aunque los valores laicos se hayan impuesto mayoritariamente. Los cambios de mentalidad son un hecho reciente que pueden consolidarse rápidamente. Por el momento se están imponiendo y generan una fuerte hostilidad en el mundo de los creyentes, especialmente del clero.

Por lo demás, Occidente -en tanto que bloque político-cultural- aparece como un mundo que desdeña lo musulmán. Dos países musulmanes –Afganistán e Irak- son objeto de agresión; otros como Irán se sienten particularmente hostilizados. El Islam se constituye de este modo en referente de identidad insustituible. Como otras religiones –desde luego, la católica y diversas confesiones reformadas- el Islam se remite a unos valores sagrados e intocables, que –afirman sus valedores- son verdad trascendente, inasequible para el conocimiento racional. El problema aparece cuando la sensibilidad individual asume tales valores religiosos como superiores a cualquier valor humano. Tal actitud se encuentra muy extendida entre los musulmanes, aunque los cristianos –particularmente los católicos- sostienen idéntico planteamiento. La trayectoria de la iglesia católica-romana se ha distinguido por la particular saña con la que ha perseguido y castigado la disidencia. Creó y mantuvo la Inquisición hasta que se vio obligada a transformarla. Lo cierto es que incluso en momentos muy cercanos ha castigado y llevado al suplicio a quien ha considerado su enemigo. Baste recordar la guerra española de 1936.

Como he señalado al principio de este escrito, no me encuentro en condiciones de sacar conclusiones. Puedo tener soluciones concretas y directas. Creo que el principio fundamental es el de la libertad individual, aun siendo consciente que ésta puede ser resultado de los prejuicios culturales. ¿Tengo derecho a quitar el velo a una mujer que lo considera un valor personal por ser una seña de identidad de su colectividad? ¿Tengo derecho a exclaustrar a una monja de clausura? ¿Puede aceptarse el burka que oculta todo el rostro de la persona? Rechazo aquellos elementos culturales que causan daños físicos irreversibles a las personas. No puedo aceptar la ablación del clítoris por muy arraigada que se encuentre tal costumbre en tantos países. Otras costumbres y actitudes que carezcan de tales perjuicios físicos las he de tolerar. De igual manera, he de defender el derecho de cualquier persona que quiera liberarse de las trabas culturales que caracterizan la identidad de tantos colectivos y oponerme a quienes desde dentro del mismo intentan mantener su cohesión por la fuerza.
Son soluciones parciales. No puedo admirar en ningún caso los rasgos colectivos que responden a viejos prejuicios culturales de los que no se encuentra libre ninguna cultura, incluida la occidental. Creo que debo aceptarlos por responder igualmente a la decisión de la libertad individual. La autonomía individual –libertad- es resultado de los esfuerzos de muchas mujeres y hombres que se rebelaron frente a la imposición, pero también resulta más fácil cuando existe bienestar material. La libertad individual de la que disfrutamos en los países desarrollados es posible gracias a la capacidad que tenemos para elegir muchos bienes y servicios –soy consciente de las limitaciones que impone el trabajo y los sistemas políticos-. No sé de qué manera estos valores pueden ser extendidos a culturas que no gozan de tal capacidad.

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