Zapatero, chivo expiatorio
El desconcierto en que se halla inmersa España a consecuencia de la crisis, deriva en actitudes dispersas de parte de políticos, analistas y, en general, de toda la sociedad española que se resiste a entender por qué se ha llegado a este punto. España recuerda a la ciudad alegre y confiada de la ficción literaria. Los españoles han terminado por interiorizar lo que han dicho ellos mismos sobre su Nación. España era una democracia. España formaba parte de las naciones ricas de la tierra y, lo más importante, España era una potencia importante a nivel europeo y con gran prestigio en el Mundo.
En el plano interior la disidencia quedaba relegada a minorías sin relieve, particularmente en Euskal Herria. El panorama, no obstante, era diáfano y la perspectiva tranquila. El Estado de las autonomías satisfacía plenamente a las sociedades de las respectivas comunidades autónomas y la insatisfacción no representaba mayor problema. El asunto de mayor gravedad era el “terrorismo de E.T.A.”. No obstante, la mayoría de las fuerzas políticas se alineaban con el Estado en su condena y rechazo, dando legitimidad al sistema en su conjunto. Incluso las dos formaciones “nacionalistas” de mayor relieve –P.N.V. en Euskadi y C.I.U, en Catalunya- acordaban con el partido español en el poder los aspectos decisivos de gobierno. La crisis ha puesto a cada uno en su lugar. La economía española –buque insignia del nuevo Estado español- amenaza con zozobrar. Lo peor del caso son los efectos negativos que su hundimiento puede llegar a inducir en los socios de la Unidad europea de la que forma parte.
Desde hacía años se venían señalando las insuficiencias de la economía española que no podían ser enmascarados por los índices positivos coyunturales. Despilfarro de recursos, propios y ajenos, inversiones especulativas que no se traducían en modificaciones de la estructura económica. Mantenimiento de las deficiencias estructurales tradicionales. En este camino actuaban los grupos empresariales, respaldados por la clase política. La sociedad vivía contenta cuando veía afluir el dinero, sin plantearse la posibilidad de la quiebra del sistema. “España va bien… la economía va bien” no era necesario mayor reflexión. La inconsciencia se refleja en la expresión de Zapatero… ¿qué crisis?… como quién se niega a ver el toro que corre hacia uno mismo. La ineficiencia de Zapatero parece resultado de la incapacidad para abordar el problema. La inconsciencia de Rajoy y los suyos se expresa en el canto permanente que hacen a los buenos tiempos de Aznar, como si los fallos de que adolece el sistema económico español no fuesen resultado de idéntica manera de gestionar los asuntos económicos, por unos y por otros. Al final se han impuesto las potencias europeas y aún mundiales. Zapatero –dividido entre el miedo a las élites económicas y los grupos desfavorecidos- ha temido menos a los débiles y cargado sobre ellos los costes de la futurible recuperación.
España se encuentra intervenida, por débil. Zapatero ha optado por una dirección que no le gustaba, porque repercutirá negativamente sobre el electorado. Ha elegido de entre dos males el menos malo desde el punto de vista quienes disponen de fuerza, élites socio-económicas y gobernantes de los países mentores, quienes, quizás, no se atrevan en sus respectivos Estados a tomar parecidas medidas. La percepción de la situación por parte de la sociedad española es de desánimo, visto que el miedo a una deriva hacia peores circunstancias se encuentra en el ánimo de todos. A decir verdad, esto no lo arreglan unas elecciones, ni cambio de líder. Rajoy y los suyos no terminan de presentar una alternativa creíble. Con mucha probabilidad actuarían de modo similar. De mayor gravedad es la imagen que ofrecen de unos simples oportunistas de miras cortas, que se aprovechan de las dificultades de sus adversarios, sin advertir que las mismas van más allá de la ineptitud de sus oponentes. Se resisten a reconocer su propia responsabilidad en los problemas y su incapacidad para darles solución.
La sociedad española está desencantada. El desencanto es resultado de la profundidad de la crisis y constatación de que España no se encuentra a la altura de los Estados europeos mejor organizados. No hay liderazgo, porque no existe alternativa que liderar.
Durante treinta años las elites socio-políticas han creído que los males tradicionales del retraso económico, autoritarismo y las tensiones disgregadoras de las naciones periféricas –Navarra y Catalunya- eran superables. En el momento actual no se atreven a plantear ninguna alternativa y se limitan a reproducir los viejos esquemas de la imposición, palo y tente tieso. En las naciones sometidas gana peso la convicción de que España no es un marco imprescindible para el desarrollo material y social con el que se llegó a contar desde la desaparición de Franco, sino que representa un lastre. Cada vez es contemplada en mayor medida como el parásito que succiona la riqueza.
El desconcierto general que agita al conjunto de élites y sociedad españolas lleva a la irracionalidad. Es difícil determinar la causa de esta irracionalidad. En la mayoría social, que no termina de entender las razones de toda la crisis, la responsabilidad se hace recaer sobre el gobierno. Siempre ha sido así. Por lo que a las élites se refiere, probablemente no existen deseos de profundizar en las razones concretas de la misma crisis y los rasgos que presenta, tan peculiares en España. Tendrían que señalarse a sí mismos los dirigentes sociales y económicos y parece que prefieren ocultar la cabeza como los avestruces. Es posible que en gran parte no sean conscientes de todo ello ¿Qué queda por hacer? Buscar un responsable. Zapatero es el culpable, debe ser removido, que se convoquen elecciones. Sí. ¿Y luego?