¿Por qué se molestan?

La afirmación del representante del P.N.V. guipuzcoano, Egibar, de la conveniencia de que la economía de Navarra –Euskal Herria- se desvincule de España, porque España es un lastre, ha sido entendida como una afrenta. Jamás lograrán los españoles llenar nuestra capacidad de admiración ¿Tan ingenuos nos suponen que piensan no somos conscientes de que su interés en mantenernos bajo su control, como españoles, responde únicamente al beneficio material que les reporta tal sojuzgamiento?

Llueve sobre mojado. La crudeza de conflictos del siglo XIX, que supusieron la vinculación institucional de Navarra a España, no tiene otra razón de ser que el interés español por vincular estos territorios a su mercado nacional –más allá, incluso, de cualquier otra motivación de tipo demográfico, de asimilación lingüística o, en términos más generales, cultural-. La función de las colonias ha sido en todo tiempo permitir la extracción de sus recursos en beneficio del Imperio. Provincia es una expresión latina que significa dominio, territorio sometido, atado. Será en la última etapa de la denominada monarquía ilustrada –no sé por qué la denominan de esta forma- cuando los planes asimiladores españoles adquieran sus rasgos más completos. Los colaboradores absolutistas de la Corona española –más tarde liberales- dejarán bien claro lo inadmisible de los territorios navarros –las provincias exentas, decían- que no proporcionaban riqueza a la Hacienda española y con unas relaciones mercantiles que primaban el espacio europeo por encima del español.

Era exacta esta percepción de la realidad. La documentación de nuestros archivos históricos revela que el territorio del Reyno de Navarra –el de la actual C.F.N.- tenía su mercado en un valor por encima del 70% en los territorios navarros y el resto, en su mayor parte, se dirigía a territorios extra-peninsulares. Contra ello se desgañitaban ciertos ilustrados, como Valentín de Foronda, o el Marqués de San Adrian, señalando que de esta manera jamás se produciría el despegue económico y la inexorable urgencia de vincular la economía del País con la española. La división que llegó a producir esta cuestión en el seno de nuestra sociedad constituye el telón de fondo ante el que se desarrolló el conjunto de conflictos que sacudieron los territorios navarros hasta el final de las guerras carlistas. Aquel discurso recuerda el que sostienen hoy en día quienes pretenden convencernos de la inviabilidad económica de Navarra como Estado soberano con manipulaciones de trileros.

Lo que puede sorprender en mayor medida de esta actitud de nuestros ilustrados es la visión que se tenía en España con relación al nivel económico de los territorios navarros. La comisión que redactó la constitución de Cádiz calificó a Navarra como uno de los territorios más felices de la Monarquía. Sabemos que significaba la felicidad para ilustrados y liberales en general. En nuestros días Charles Esdaile ha descrito una sociedad navarra con unos niveles que sobrepasaban cualquier cosa que pudiese haber en España y da la impresión que con un muy nivel en el marco de la Europa de la época.

Es difícil establecer cuantos de aquellos ilustrados- burgueses y élites sociales- quedaron satisfechos, y cuantos defraudados, con la evolución de nuestra economía tras la unidad mercantil con España, que siguió a la imposición de las aduanas españolas en el mar y Pirineos. Lo cierto es que en 1873 un ilustrado que utilizaba el seudónimo de “el aldeano navarro” despotricaba en contra del cambio a la luz de los resultados negativos tras varios decenios de depresión, pidiendo la reapertura del comercio con Francia como única solución y señalando la inoperancia española.

La realidad no se ha modificado apenas. En el Pasado las estructuras económicas del País evolucionaban, en tanto las españolas quedaban anquilosadas. España no ha tenido otro modelo de desarrollo que el de la succión de recursos de toda índole a partir de la capital imperial, Madrid, aun a costa de deprimir y desertizar el conjunto de espacios que mejor se identifican con España, sea Andalucía, Extremadura, Castilla-León, o la misma Aragón. Madrid constituye el punto en el que se pretende generar el núcleo neurálgico de la actividad económica, desde el que reorganizar un Estado español que prime tales territorios como columna vertebral de España. Este rasgo de la capital imperial puede ser calificado de histórico. David Ringrose señala a Madrid a finales de la Edad Moderna como un centro improductivo y consumidor en el que la nobleza, alto clero y corona acumulan los ingresos. Este rasgo ha sido acentuado desde entonces. Es cierto que a partir de Franco se pretendió convertirla en centro dinamizador en los terrenos industrial y de los servicios más cualificados. Las inversiones de que ha sido objeto, con el fin de hacer de ella punto insoslayable del funcionamiento económico y en cualquier otro terreno para la totalidad del Estado español, han sido de una dimensión responsable de la actual depresión de los territorios más pobres del Imperio. Quienes más han levantado la voz en contra del espolio han sido las naciones más productivas de Navarra y Cataluña. Otras, atemorizadas se han vuelto frente a éstas, como si fuera de ellas la responsabilidad de su abatimiento. Por el momento Madrid se nos muestra como un agujero negro, en donde desaparecen los recursos financieros y fiscales en proyectos megalómanos, con el aplauso de quienes viven allí; unos por privilegiados y otros porque sienten que a ellos les llegarán las soluciones antes que a los no madrileños. Pero si no se hacen bien los deberes aparece finalmente la chapuza, la auténtica fiesta nacional.

La crisis presente pone en evidencia lo que es un secreto a voces, comentado en todos los círculos sociales y de los que Egibar no es sino portavoz. España muestra una vez más su idiosincrasia. Que la responsabilidad última sea de una crisis exógena –norteamericana- no quita nada para que los españoles actúen confiadamente. Al final aparecen los problemas y quienes sufren el cotidiano peso del espolio y despilfarro, terminan por decir ¡Basta!

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