Memoria: Iñaki Egaña

AUTOR

DONOSTIA, 1958. HISTORIADOR. AUTOR DE MAS DE VEINTE LIBROS Y NUMEROS TRABAJOS REFERIDOS A TEMAS TANTO HISTORICOS COMO LITERARIOS. INVESTIGADOR, TRABAJA EN LA SOCIEDAD DE CIENCIAS ARANZADI EN LA BUSQUEDA DE DOCUMENTACION Y DESAPARECIDOS DE LA GUERRA CIVIL. HA SIDO DIRECTOR, ASIMISMO, DE LA ENCICLOPEDIA "1936. GUERRA CIVIL EN EUSKAL HERRIA".

MEMORIA

Ezin dut nire inguruko narriadura jasan, nire aitaren etxearen (eta amarenaren, greziarren baimenarekin) utzikeria. Eta inbidia sentitzen dut beren ondarea eusteko ahaleginak egiten dituzten gertuko eta urrutiko bizkideez. Guk, gure ohiturei lehial, azpijokoetan jarraitzen dugu ezertarako.

Historia y nación

La nación, un concepto moderno del que habitualmente se cuelgan infinidad de recursos, tiene un recorrido matizado por razones de interés político. El historiador, en nada ajeno a esta afirmación, a pesar de lo que pretendidamente pueda aseverar, se convierte, de esa forma, en un agente activo en la formación del imaginario colectivo. Por activa o por pasiva. Deliberada o involuntariamente. No quedan resquicios para la ingenuidad. Así lo han entendido, además, quienes han elevado la historia a la categoría de la trascendencia política. Nuevamente, por alusión o por omisión.

La reflexión es del historiador británico Eric Hobsbawm: “Los historiadores somos al nacionalismo lo que los cultivadores de amapola en Pakistán son a los heroinómanos: proveemos la materia prima esencial para el mercado. Lo que hace a una nación es el pasado, lo que justifica a una nación ante las otras es el pasado, y los historiadores son las personas que lo producen”.

Las tesis marxistas de Hobsbawm han tenido una gran difusión entre las élites intelectuales que han investigado el hecho nacional. Suponen la vanguardia, como queda patente en este párrafo, de quienes dan una importancia extraordinaria a la formación histórica como parte del hecho nacional. Obviamente, Hobsbawm introduce en su tesis multitud de variantes, entre ellas las de la construcción de la tradición y la de la institución del mito como elementos básicos de la nación. Luego iré sobre ellas.

         En el otro extremo, me atrevería a citar al clásico entre los clásicos, el francés Ernest Renan: “Olvidar la historia, o incluso el error histórico, es un factor primordial en la formación de una nación, por lo que el avance de los estudios históricos es, a menudo, perjudicial para una nacionalidad”. Renan, cuya conferencia en la Sorbona hace más de cien años aún concita la atención de los historiadores, aconsejaba a sus contemporáneos que ejercitaran el olvido.

         Las tesis de Renan tienen más de cien años, están vetustas, etc., pero merecen una pequeña reflexión, a ambos lados de la muga. Al sur, por lo que se sugiere, Renan debería haber tenido un seguimiento entre las elites que, en la realidad, no ha contado. Es un perfecto desconocido. Me remito a la historia de la que alardean los españoles, una historia propia de uno de los pueblos más sanguinarios (no quiero con ello arrojar balones fuera con respecto a ingleses, belgas, franceses o rusos, por poner sólo unos ejemplos). La historia de España es la de la conquista a sangre y fuego de un continente desconocido, es la de las guerras monárquicas, es la del expolio de medio mundo para satisfacción de un pequeño y concentrado grupo económico. Una historia, como diría Renan, a olvidar.

         Sin embargo, los grupos que se reparten el Gobierno central, y por tanto sus seguidores intelectuales, han reivindicado de siempre esa herencia de manera positiva, como parte inherente a la “nación española”. Un error histórico que ha llevado a engrosar en el espacio de la reacción tanto a izquierdas como a derechas, trazando una línea invisible que, a mí personalmente, se me hace muy difícil siquiera entreverla. El referente de la derecha española en 2009 se llama Cánovas del Castillo, un personaje que si no llegó a las cotas del nazismo centroeuropeo lo fue únicamente porque nació medio siglo antes. Ideológicamente estaba en el mismo grupo.

         Por eso, mi opinión se escora hacia la idea de que la reivindicación de la nación histórica, tal y como propone Hobsbawm, convierte a España en un proyecto nefasto que invita, precisamente, a su deserción. El intento de ciertas asociaciones en los últimos años por reivindicar el pasado republicano, corto pero intenso, ha llevado a todos los sectores elitistas, al unísono, a hacer causa común frente a ellos, reivindicando la España de la pandereta, que diría Machado. La orfandad de estas asociaciones ha sido notoria.

         Al otro lado de la muga, en cambio, las tesis de Renan han servido para ciertos trazos de la historia. Por notorio y evidente, la Revolución francesa se ha convertido en el icono nacional histórico por excelencia. Bajo la alfombra han enterrado la colaboración nazi, las guerras coloniales, el expolio del llamado Tercer Mundo y la época de los imperios. Últimamente va perdiendo fuerza el periodo de la Primera Guerra mundial, en detrimento de otro muy determinado: la resistencia a la ocupación nazi, todo un globo a cuya elevación se apuntó desde el día siguiente a su nombramiento el presidente Sarkozy.

         En esta línea, París exportó todo un modelo que ha llegado hasta nuestros días. No deja de ser sorprendente que el nacionalismo liberal surgido de la Revolución francesa, que supuso en la teoría una ruptura con el viejo modelo político, siguiera los pasos centenarios de la monarquía en el terreno nacional: fuerte centralismo y uniformidad cultural y lingüística. Los borbones, precisamente, habían surgido en la campiña francesa. Los revolucionarios en los barrios más pobres de París, los mismos que casi cien años más tarde vieron inflamarse las calles en lo que fue la Comuna, se colgaron de las faldas del nacionalismo monárquico que acababan de decapitar. Napoleón fue un hijo de la Revolución.

         Por eso, probablemente, los movimientos de liberación que surgieron en las ex colonias, tanto francesas como inglesas, no tuvieron el eco de las ideologías liberales que, precisamente, habían surgido en la metrópoli. Vinieron cargadas de otras premisas bien distintas a las liberales que habían desterrado, desde 1789, el separatismo. Las ex colonias españolas, en cambio, sufrieron un proceso previo en el tiempo, liderado por las elites económicas de las colonias, que, en muchos casos, reprodujeron desde su independencia, los códigos de la metrópoli.

         Entre los vascos, la tendencia de Hobsbawm, por entendernos, ha estado ligada a los grandes historiadores del siglo XIX. Se me ocurre, de entrada, la referencia a Arturo Campión y quizás, previamente, la de Agustín Xaho. Imbuidos en el romanticismo de la época, son probablemente, dos de los autores más citados. Sin embargo, los trabajos ingentes de predecesores como Moret, Garibai o Iztueta podrían considerarse como los auténticos impulsores de la historiografía vasca.

         A partir de sus investigaciones y trabajos, y sin desmerecer a otros, la modernidad vasca se fue construyendo, como la de sus vecinos, con los mitos que surgieron de estos trabajos enciclopédicos. Desde Larramendi hasta Sabino Arana, los historiadores se convirtieron en narradores y dieron pie a que escritores como Félix Urabayen, Pío Baroja o el mismo Unamuno forjasen un sentimiento histórico de nacionalidad, en ocasiones de forma inconsciente. Es probable que las narraciones de Pío Baroja hayan servido de soporte a distintas generaciones con mayor intensidad que la impronta de agentes políticos.

         En época reciente, estos mitos han logrado mantenerse con una tenacidad a veces desconcertante. El país rural que no existe, de fuertes y arraigadas tradiciones, tiene un gran peso en la creación del imaginario vasco. Un país envuelto entre la niebla, apegado a la lluvia, con grandes dosis de resignación y un halo de rebeldía. Un país barojiano, en definitiva. Que no se corresponde, como apuntaba, con la realidad del siglo XXI: urbano, desértico en su parte oriental, fuertemente infiltrado por el turismo francés en su región continental, etc.

         Los movimientos pre nacionalistas, olvidados de la historia, citados incluso como pre-políticos, tienen una importancia entre nosotros que a veces no somos capaces de calibrar en su justa medida. Ellos han forjado el mito. Acumulados, fueron los que crearon ese país que ahora reivindicamos. Fueron, como diría el historiador, los que crearon la necesidad de la nación y, por extensión, la exigencia del estado. De la antropología social, del romanticismo del siglo XIX, se pasó a la teoría política. Y en ella nos movemos aún, con el soporte de cuestiones menores que, sin embargo, tienen gran trascendencia en la creación de ese imaginario colectivo.

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