No soy muy ducho en vidas de santos y curas y por ello, hasta que no topé con él gracias al navarro Javier Mina, el libertador de México, apenas si había reparado en su existencia. Lo eché al cesto de personajes de interés pendiente y, hace bien poco, en una conversación de café con mi buen amigo Antxon Ezeiza, el nombre surgió de nuevo. Su biografía es fascinante. Y no me refiero a Mina, que todavía tiene recorrido para investigar a pesar del excelente trabajo de Guzmán, sino al que fue, en cierta época, su compañero de conspiración: Fray Servando Teresa de Mier, natural de Monterrey.
Fray Servando era un dominico tardío, entró en el convento con 16 años, que protagonizó uno de los mayores escándalos políticos que jamás se hayan producido sobre la faz del reino de España. Me resultó simpático desde el principio. Hay que ser un osado para hacer lo que hizo, en un escenario nada proclive, por cierto. Creo que tuvo suerte y que, en otras circunstancias, le hubieran segado el gaznate.
La historia, en síntesis, fue la siguiente: el 12 de diciembre de 1794 se celebraba el 263 aniversario de la aparición de la Virgen de Guadalupe en la colonia de Nueva España. Se reunieron, como era costumbre, obispos, autoridades militares, empresarios y el virrey. En la Insigne y Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe. Fray Servando había preparado el sermón de la misa correspondiente, en nada menos que nueve hojas. Comenzó su alocución y lo que en principio fue un rumor, finalmente se convirtió en un clamor. En una gran estruendo. El dominico apuntaba que sólo había una posibilidad. O que Dios fuera español o que la aparición mariana de Guadalupe fuera una gran farsa.
¿Por qué? Porque siendo tan extensa la historia precisamente la Virgen había esperado a la conquista española para aparecerse a unos indios analfabetos, pudiéndolo haber hecho quinientos, mil o dos mil años antes. Un argumento casi irrefutable. Porque los indios “no pudieron decir Santa María de Guadalupe, ya que su idioma carece de g y d y así mandándole a un puro mexicano que repita de Guadalupe pronuncia tequatalupe”. En fin, fábulas, mentiras y bulos fabricados por la corona española. Su tesis. A no ser que, sin descartarlo, Dios, autor de los movimientos de sus marionetas, fuera genuinamente español.
La reacción española fue la esperada. Fray Servando fue detenido y enviado preso a Santander. El arzobispo le prohibió a perpetuidad el ejercicio de la enseñanza, la enunciación de sermones o la realización de confesiones. Escapó cuando era reubicado en Burgos y a partir de ese incidente, su vida comenzó a tomar una notoriedad vertiginosa. En Londres conoció a Javier Mina y juntos conspiraron para la independencia de México. En París compartió intelecto con Chateaubriand. Fue perseguido en medio mundo, siempre por españoles, que sistemáticamente le enviaban a prisión. También debió de ser un escurridizo prisionero porque logró escapar, que yo haya recogido, hasta siete veces de las terribles mazmorras hispanas.
A quien tenga un poco de curiosidad le animo a zambullirse en la vida de este fraile, que nunca renunció a su sotana, y que planteó aquella eterna pregunta: ¿Por qué Dios esperó tanto tiempo a mostrarse en México? Para Servando la respuesta parecía sencilla, porque era español y hasta que Cortés no llegó con sus tropas no había lugar a semejantes andanzas.
Viene esta reflexión con los desembarcos ruidosos de los últimos años de la iglesia ultramontana en nuestro país. No soy religioso, en el sentido divino aunque sí en el de lo sagrado, y no sigo el tema de cerca. Pero el estruendo es tan notorio que no lo puedo dejar pasar. Y esta introversión me llega, precisamente, tras la muerte de un atípico cura como fue Jesús Lezaun. Muy cercano, a pesar de lo divino.
El arzobispo Fernando Sebastián y el obispo José Ignacio Munilla han logrado condensar en sus espaldas un nuevo episodio de que en nuestra tierra, como en espacios políticos, la historia, en este caso la española, comenzó ayer. Lo anterior no existe. Y puesto que estamos anunciando religión y fe, añadir que, como dejó traslucir Fray Servando, Dios es, a pesar de la diversidad y multiplicidad, inequívocamente español.
Efectivamente. Antes de Munilla, por lo que nos toca en el tiempo, ha sido el caos. El separatismo, el éxodo de la casa matriz madrileña. Con Munilla, la iglesia y por extensión Dios el presidente de su Consejo de Administración, vuelven a ser españoles, de pura cepa. Y para que nadie se llame a engaño, porque somos leídos e instruidos, sepan que el Dios español es tremendamente agresivo, violento y amigo de la espada.
Hace cuatro días, como quien dice, santificaron un golpe militar y luego avalaron el holocausto. Hace ocho, más o menos, cercenaron civilizaciones y enviaron al infierno a millones de paganos e infieles. Hace más tiempo afortunadamente, España todavía no existía y Dios, probablemente, andaba un poco más despistado, trajinando aquí y allá en cubrir escisiones y organizar cruzadas.
Munilla y Sebastián son peones de ese Dios español que, desde Santiago decapitando infieles hasta los Reyes Católicos, exterminando heréticos, han llenado la Península de un hedor inequívoco a carne quemada. Huele a chamusquina hoy, expresión que proviene de la quema de libros por la Inquisición, en el siglo XXI. Y que Dios sea español, les advierto, no augura nada favorable.
Dios es español
Posted in Uncategorized by memoria on Marzo 4, 2010
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