Noain, recuerdo de la independencia
1 06 2010Tras la conquista de Navarra en 1512, la guerra que opuso la resistencia a la ocupación se prolongó durante 18 años. En 1530 la tropa española se retiró de la Tierra de Ultrapuertos, lo que hoy llamamos Nafarroa Beherea, incapaz de dominarla. El esfuerzo bélico más importante se dio en 1521, cuando los navarros liberaron el país durante un mes. Pero sufrió un descalabro estrepitoso en la batalla de Noain. En las campas de Eskirotz se enfrentaron los navarros sublevados y el ejército castellano, decidido a acabar con la rebelión y la independencia de Navarra.
Han pasado casi 500 años de aquellos sucesos, y sin embargo siguen presentes en nuestra memoria. La memoria, en efecto, no es un simple registro del pasado. La rutina se desvanece; se olvida. La conciencia humana es selectiva y subraya aquello que por una u otra razón es significativo para el sujeto: porque ha marcado su existencia, le ha impactado, le ha conmovido o trastornado.
En la memoria subyace una valoración de aquello que se recuerda; ello significa una interpretación de la realidad y una mirada cargada de sentido hacia uno mismo, hacia el sujeto que se mira y se reconoce en esa historia. Hay que añadir, de paso, que este proceso mental se da hoy, en el presente, y pone en juego nuestro ser en el mundo: de quiénes nos sentimos parte y con qué identidad nos proyectamos; qué sociedad construimos, aquí y ahora; cómo valoramos aquello que perdimos y sentimos que nos pertenece.
Así se explica por qué durante estos cinco siglos se han realizado tantos esfuerzos para borrar esta memoria. Unas veces han condenado al silencio nuestro pasado, hasta el punto de que no nos reconocemos en el relato, o nos invade la esquizofrenia, y nos definimos vascos unos, otros navarros, o cualquier otra cosa.
También nos han cambiado el nombre, hasta ser irreconocibles, y el propio ejército de la Navarra independiente, compuesto de navarros sublevados, voluntarios, con gascones aliados, se llama ejército francés en muchas batallas: Belate, Logroño, Irún, Hondarribia… Y celebramos alardes y fiestas que se refieren a nuestras derrotas y calamidades.
Otra jugada clásica ha sido la del eufemismo. Así, la violencia brutal de la tropa española, célebre y patente en episodios como la conquista genocida de América o la destrucción del reino de Granada, se nos presenta en Navarra disimulada en lecturas de “incorporación”, pactos y otras mandangas. Y nos explican que estas versiones de hecho demuestran nuestra “cultura política” y habilidad negociante.
Por fin, una estratagema que llega con la educación obligatoria, incluso hasta nuestras ikastolas, ha sido la de enseñarnos otra historia, ajena, diferente, y pretender que nos veamos en la lista de los reyes godos o la reconquista, en el 18 de julio o en la fiesta de la raza y la democracia. No es una educación inocente. Y sin embargo a menudo la dejamos pasar como si fuera una leyenda o un cuento de mentirijillas, irrelevante, cuando forma parte de la visión del país y la cultura que transmitimos a nuestros jóvenes.
Lejos de estas manipulaciones, Noain es uno de esos lugares de memoria en los que el recuerdo se revive; donde la colectividad se siente a sí misma, conecta con su pasado y sus vicisitudes; donde se reafirma.
En Noain entendemos que fuimos un pueblo libre en la historia, que tuvimos un Estado de presencia internacional, Navarra, que la población vasca defendió hasta la última piedra. Que los españoles nos invadieron y arrebataron territorio a territorio, La Rioja, Bizkaia, Gipuzkoa, Araba, La Sonsierra, la Alta Navarra… Que acabaron con nuestra soberanía por la fuerza, contra toda ley y derecho. Que nos arrastraron a sus guerras carlistas y dinásticas, a sus pretensiones expansionistas, a su imperio y sus miserias. Y que si aspiramos a un futuro propio, debemos recuperar aquella soberanía, aquella independencia que se perdió en Noain.
El 27 de junio iremos a Noain.






