Olentzero, el hombre del bosque

28 12 2009

Olentzero es un loco de la vida. Un arlote. Un zumbado de nuestro pueblo que vive solo en el monte, que trabaja el carbón, huraño, retraído, en silencio, sin tratar con nadie en todo el año, un individuo del que nos apartaríamos si nos encontráramos en el bosque, con su ojo tuerto y su mirada extraviada por falta de contacto humano. Como hacemos con los tipos raros.

Eso sí, cuando llega la ocasión Olentzero baja con las nieves y lo celebramos. Música, desfile, comilona, noche de regalos, niños asustados, besos…. Lo sacamos de paseo con amigos y comparsa, con cantos y risas, y a veces con la atenta mirada del policía de turno. Como hacían los babilonios, que una vez al año ponían por rey a un mendigo y ese día le obedecían, le reverenciaban, le ofrecían banquetes, y al cabo de su corto mandato lo hacían desaparecer.

En cierto modo es lo que hacemos nosotros también con Olentzero, este personaje que representa la tradición vasca, pobre, marcada por el duro trabajo, la humildad, el refugio en los bosques, maltratada por poderes ajenos y por un orden mundial que cada vez la arrincona más y más, y ahí está sin embargo, tenaz, como nosotros.

Es curioso. Mientras en todas partes la figura de la Navidad se viste de magia, de poderío, de regalos, de grandes riquezas y títulos, santos, magos, reyes…, nosotros invocamos como mito a un carbonero. Un hombre solo. Un marginado. Sucio, tuerto y mal encarado. ¿Es así como nos vemos? ¿Ésta es la percepción de nuestra tradición, la idea que guardamos de la familia de la que provenimos?

Tal vez sea esta imagen la que guardamos de nuestra parentela, reunida cuando menos una vez cada invierno, por Navidad, al calor del fuego, con la llegada de los fríos, una progenie de campesinos y carboneros de la que viene nuestro mundo, pero mejor si se queda en el monte, en el caserío, y sólo la vemos cuando la nostalgia, el recuerdo de la niñez y el sentimiento se despiertan, para enseñar a nuestros pequeños quiénes fuimos, pero entre el audi, el veraneo y la play station cada vez somos menos, y nos avergonzamos…

La locura no existe, decía Dostoievski. Sólo los locos. Como rezan los babilonios, benditos los locos, porque en el fondo eso es lo que somos.


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