Noticias en lata

24 10 2009

Al hilo del cese de tres editoras de los informativos de EITB, si en algún lugar se ha hecho visible el cambio escenificado en la CAV, con el gobierno de Pachi López, ese lugar es la tv pública vasca. Era previsible. La televisión, ese invento de nuestra civilización en que el Verbo se hace Carne, tenía que ser también el escaparate de las metamorfosis, los metadiscursos y las metaficciones.

Por supuesto, el arranque fue a la española, con el despido fulminante, sin disimulos, de Xabier Lapitz como pistoletazo. Aviso a navegantes. “Se sienten, coño”, sonó el eco del recuerdo. Si alguien se atreve a insinuar el mínimo atisbo de resistencia a los nuevos dueños, ya sabe lo que le espera. De patitas a la calle. Luego han llegado los desplazamientos, arrinconamientos, sustituciones de conocidos periodistas, iconos de los noticiarios.

Ha corrido el rumor, explícito, de que las presentadoras desaparecidas mostraban una imagen demasiado vasca. Como si eso fuera un crimen. Nuevo alarde de racismo hispano. Y nadie ha rechistado, ni ha reclamado el cese inmediato del autor del comentario o, para disipar dudas, la contraorden. Aquí sólo nos ofendemos con el supuesto racismo local. Los españoles son universales, incluso en sus eructos y vómitos.

Pero merecería la pena detenerse en los noticiarios, en Gaur Egun o Teleberri, pues el trabajo informativo, la visión de la realidad que nos imponen, es la mejor expresión de los nuevos tiempos que corren.

No es objeto de un breve artículo de opinión avanzar un estudio o análisis del discurso audiovisual del teleberri. Tiempo y ganas deberían invertirse en las facultades de periodismo. Aunque es poco probable. Pero no me resisto a proponer una serie de observaciones, a vuela pluma, que puedan servir como hipótesis de principio.

Quizás el noticiario de EITB no fuera una maravilla antes del cambio. Pero no hay duda de que Al Surio ha impuesto su manual, su propio libro de estilo. De entrada, los deportistas de las noticias, artistas, personajes destacados de la crónica cotidiana, son murcianos, andaluces, salmantinos… Menos los vascos, que son siempre españoles (como ejemplo, los pescadores españoles de Bermeo… aunque sean cántabros o senegaleses). Los únicos vascos son los terroristas, los violentos, los delincuentes, los condenados a muerte en Filipinas, el separatismo y por supuesto los grupos y fuerzas ilegales.

Una variante de este principio es la que atañe a las centrales sindicales. Parece que, junto con el gobierno López, ha cambiado también el mundo del trabajo. Para cualquier demanda salarial, expediente ERE, negociación colectiva, accidente laboral, los protagonistas entrevistados como fuentes autorizadas son los sindicatos españoles. UGT y CCOO. La mayoría sindical, ELA, LAB, etc., se ha esfumado del mapa social del teleberri, y cuando se les cita es por denuncias, manifestaciones, detenciones… El “tema vasco”, dicho suavemente. Son referentes sólo para vincularlos con lo que oficialmente se llama terrorismo, entorno y colaterales.

Por supuesto, no más ‘estado español’. España, siempre. España es una. Y muy grande. El rodeo semántico que se empleaba hasta el presente revelaba una malquerencia a nuestra gran nación, donde con Pachi comienza a amanecer.

Un detalle del oficio, propio de escuelas y tendencias periodísticas, es el carácter de las noticias que se seleccionan. En el formato en curso, los hechos que se relatan son más truculentos, más crónica de sucesos: muertes, accidentes, calamidades… No sé si acabarán por resucitar El Caso. Un precedente al respecto, bien estudiado, nos remite a la época de Franco; esa serie de desgracias y datos sangrientos, por encima de la crónica social y de otros elementos interpretativos, acaba por transmitir la sensación de qué crudo es el mundo, qué bien vivimos aquí, y qué suerte tenemos con estas autoridades.

Las noticias que nos colocan, de paso, son las de España. La cosecha del año en Montilla, las inundaciones del Mediterráneo, la fiesta del tomate en… Que Madrid pierda la sede del Mundial está por delante de cualquier circunstancia regional o autonómica, aunque sea tan importante como el ruido de las canastas del parque de Doña Casilda, paradigma de las banalidades locales que son nuestras novedades.

Portugal no existe, a no ser que se incendie Lisboa, si es posible para siempre. Tampoco existe Gibraltar, una inmunda colonia tercermundista, llena de monos y lugareños angloparlantes. Baiona o Biarritz están a la altura geográfica de Niza o Brujas, unas ciudades fascinantes, pero lejanas, lejanas, con las que hay que ser muy culto para saber qué lazos nos unen.

Y suma, y suma y sigue.


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