La cocina vasca
20 06 2010Leo con preocupación el artículo de los filósofos de Gara (29-5-10) en torno a las bases de la identidad vasca. Me da la impresión de que conciben la realidad social como un ejercicio de cataplasmas de farmacia o recetas de cocina. Si aplicamos la fórmula apropiada con el cuidado necesario, voilá!; conseguido el resultado. Pero la cocina social es bastante más compleja que el recetario.
Me ha parecido observar una cierta confusión en la mezcla de ingredientes y temas, en un mismo revuelto: que si la identidad es o se construye; si la historia cuenta o podemos pasar sin ella… Como sabe cualquier estudiante de humanidades las sociedades son entidades históricas, y en ellas todo fluye. Cambia. Se construye. Pero por lo mismo, obviamente, sólo pueden entenderse desde una perspectiva de tiempo histórico. Cualquier presentismo es tan absurdo y esencialista como esos supuestos que rechazan los autores.
Un aspecto patético de estas observaciones es la insistencia de los filósofos en que el esencialismo o historicismo de las identidades es reaccionario, en tanto causa de marginación de los diferentes… ¿Qué sentido tiene este discurso? ¿A santo de qué tanto bizantinismo, cuando los marginados y marginales somos nosotros en nuestra propia tierra? ¿Tenemos que pedir perdón por sentirnos, por definirnos, por ser lo que sea que seamos…?
Otra, la historia. ¿Es pertinente el debate de la historia en un proceso identitario-nacionalitario? Por supuesto; no hay más que ver qué versión de nuestro recorrido histórico nos ofrecen nuestros dominadores: boronos, carcas, iletrados, campesinos, no más que unos pastores… No hay más que ver nuestras calles, llenas de reyes imperiales, generales españoles, fascistas… No hay más que observar qué historia se transmite en reportajes televisivos, escuelas y universidades…
Ahí es donde percibo que los filósofos no han entendido demasiado del debate nacionalitario. Las identidades y las naciones son procesos en los que las poblaciones intervienen en cuanto protagonistas, sujetos del devenir social (y en ello funciona una suerte de voluntad colectiva). Pero esa “voluntad”, así, entre comillas, es tan cuestionable, inexistente, inaprensible, tan “se construye” como esa identidad que ponen en cuestión los filósofos de marras. Es decir, no hay una voluntad explícita, consciente, racional, sino una dinámica social que ahí confluye. Y esa dinámica está compuesta de adhesiones, sentimientos, intereses, afinidades, rutinas, recuerdos, interpretaciones del presente y el pasado… Eso que llamamos voluntad tiene sus razones; unas económicas, políticas, de intereses; otras afectivas, de adhesión, de pertenencia; culturales, de lengua, de historia más o menos percibida. La propia conflictividad social genera cambios y nuevas identidades. La represión del franquismo acercó a amplios sectores de la inmigración hacia la colectividad vasca (aunque no compartían ni lengua, ni cultura, ni historia…). La clave de la voluntad, así, no es si “es” o “se construye”; sino que funciona, y genera profundos efectos sociales.
El problema de estas disquisiciones es que nos perdemos en las instrucciones de la fórmula, como aprendices de brujo. Es un debate sin sentido el que enuncian esos filósofos, que en nuestra situación de opresión desdeñan valores y recursos que nos avalan y constituyen. No creo que haya Estado en el mundo que desprecie el poder de las selecciones deportivas para generar adhesión interna (aunque el deporte no cultive precisamente los aspectos más conscientes de la voluntad que se dice nacional).
¿Por qué renunciar a la historia? Que le digan a Toscana que renuncie a su Renacimiento, su arte, sus catedrales, sus etruscos; que Egipto renuncie a sus pirámides; que Grecia se olvide de toda la riqueza que se llevaron ingleses y alemanes…
La historia es arte, es patrimonio, identidad, orgullo, cultura, turismo. Es riqueza. Es información, conocimiento. Es perspectiva sobre muchos problemas actuales. Es memoria, es presencia visible para las gentes, es fuente de reconocimiento. Es también un soporte para la autoestima… Pero por no alargarnos, como dice Edward Said, “la escritura de la historia es el mejor camino para dar su definición a un país, y la identidad de una sociedad es en gran parte función de la interpretación histórica, campo en el que se enfrentan las afirmaciones que se discuten y las contra-afirmaciones”.
Por cierto, nadie pretende, como sostiene el también filósofo Olariaga, que la historia sea fuente de Derecho. La única fuente real de derechos es el ordenamiento de los Estados, que los reconocen, avalan y garantizan. Ahí reside nuestra desgracia, que no lo tenemos. El resto son, también, disquisiciones y bizantinismos.
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