Un pueblo en la historia

4 10 2008

Ahora que el Tribunal Constitucional español ha decretado que, a efectos de democracia, no existe el pueblo vasco, y que la única soberanía posible reside (es un decir) en el pueblo español, se me ocurre rescatar de la historia alguna reflexión que explica que esta afirmación únicamente se sustenta en la fuerza. En el poder de dominación de un Estado totalitario.

Como explica Luis Mª Mtz Garate, el historiador francés Fernand Braudel introdujo el concepto de procesos históricos de “longue durée”, es decir “de larga duración” o, mejor, “de largo alcance”. Son procesos que van más allá de lo inmediato, del análisis coyuntural, y se manifiestan en una perspectiva de siglos. Son hechos o situaciones que se podrían denominar como “estructurales”. Unos hacen referencia a procesos económicos, como los ciclos “A” y “B” de expansión y recesión económica en el largo plazo, planteados por Kondratiev y aplicados a la historia por Immanuel Wallerstein. Otros aluden a estructuras políticas persistentes, por encima de las circunstancias históricas, como las relaciones geoestratégicas, de tipo político y cultural.

En esos procesos históricos de largo alcance citados, el pueblo vasco se ha manifestado durante muchos siglos mediante una serie de constantes de hondo calado: una gran capacidad de autoorganización social y política (concretada en un Estado propio, primero de Pamplona y luego de Navarra; pero también en múltiples expresiones de menor dimensión: Fueros, rebeliones, guerrillas…), el desarrollo de una cultura y una lengua claramente diferenciadas; una tendencia a la reunificación en momentos críticos en que la presión de la dominación ajena se ha debilitado; la permanencia en un marco territorial relativamente estable; etc. En conjunto, una realidad de acción, organización y autopercepción que lo definen como sujeto histórico. Su carácter emerge, por encima de los siglos, de distintos modos y en expresiones diferentes, propias de cada coyuntura.

Sabemos que estos datos que transcienden los siglos hay que manejarlos con cautela, para no trasponer esquemas de unas épocas a otras ni caer en anacronismos. Sea como sea, lo evidente es que durante los casi dos mil últimos años Vasconia ha dado que hablar, con distintos nombres y situaciones, pero desde un marco territorial, desde un punto en el mapa que ha permanecido, con una continuidad histórica de largo recorrido, con una identidad etno-lingüística que se ha expresado sobre todo a través del euskera, la lengua que ha propiciado unos vínculos culturales y comunitarios que se le negaban en lo político.

El pueblo vasco no sólo ha existido, potente, en esos procesos de largo alcance, sino que, en circunstancias tan notables y difíciles como las guerras con visigodos y francos, contra musulmanes y castellanos, en la defensa de sus Fueros, vestigio residual de sus costumbres y códigos jurídicos, en el Ejército Vasconavarro de las guerras carlistas, en el nacionalismo de Sabino, este pueblo se ha reconocido a sí mismo y ha tendido a la reunificación y a la recuperación de su espacio siempre que se ha debilitado el dominio del ocupante. En suma, ha sido sujeto consciente y activo de su devenir histórico.

No sólo es que el padre Larramendi propusiera ya en el siglo XVIII la constitución de las “Provincias Unidas del Pirineo”. O que los hermanos Garat urdieran la “Nueva Fenicia” en plena revolución francesa. O que Agustín Txaho escribiera fórmulas independentistas en su momento. También nuestros enemigos nos han reconocido como un “problema” y nos han enmarcado en el Plan ZEN (Zona Especial Norte) o en la Guerra del Norte (durante las guerras carlistas), por citar dos referencias de tiempos documentados.

Si algo destaca de este largo recorrido es que nunca habrá reconocimiento para nuestro pueblo, en un marco español o francés. El sujeto histórico -indiscutible en ese largo aliento de siglos- sólo será sujeto político en un Estado propio, independiente y euskaldun. No hay otra democracia posible. Como decía un pensador, el derecho a un Estado propio es el primero de los derechos humanos, por algo tan simple como que de él emanan y en él residen todos los segundos.



Herri bat historian

4 10 2008



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