Currículum vasco
23 06 2008El sábado 21 de junio (2008) se celebró en el Kursaal de Donostia una jornada de presentación y debate en torno al Currículum Vasco. En este país el tema del currículum educativo levanta ampollas, polémicas y sarpullidos, algo inaudito en cualquier lugar de la geografía, al menos si nos situamos en países normalizados. Sin ir más lejos, esta misma semana el ministerio español de educación se ha alborotado y alzado en amenazas porque en el Currículum Vasco aparece el término Euskal Herria. ¿Por qué este histerismo?
Por la propia lógica de los hechos. El sentido del currículum es la transmisión y el desarrollo del ser colectivo de una colectividad. Y si nuestro pueblo no existe (como no existe Euskal Herria), si no se admite su realidad o si es impertinente homologarlo, difícilmente puede ser admitida esa pretensión de continuidad materializada en un proyecto educativo.
Pero el problema no viene sólo de ministerios españoles, de quienes nos ocupan, nos ignoran, nos menosprecian y nos niegan. Lamentablemente, tantos siglos de dominación tienen como consecuencia que muchos entre nosotros acaben dando por buenas las razones del contrario. ¿Para qué queremos currículum? ¿Qué vas a transmitir, si no somos más que un saco viejo lleno de mugre, de cachivaches inútiles y desvencijados, si nuestro bagaje cultural -nuestro patrimonio colectivo- es un mamotreto mostrenco lleno de polvo? ¿Para que valorar y cultivar lo que somos, si es producto del pasado?
Personalmente esta ceguera, tan extendida entre nosotros, me parece suicida, además de una muestra escandalosa de ignorancia. Un nivel de incultura inconcebible en un país emplazado en un entorno como el nuestro, que se pretende culto, europeo. Es descorazonador encontrarse con supuestos intelectuales, escritores, periodistas, políticos vascos, que piensan de este modo y hacen alarde de ello.
Desde Nabarralde asumimos la necesidad del currículum como un reto propio, ineludible, que compete a todo el pueblo vasco. No sólo a los educadores y pedagogos. Como recientemente decía Ferrán Requejo, la cuestión identitaria es una cuestión histórica. En efecto, cuando nos planteamos el contenido del currículum, el bagaje educativo que hay que entregar a nuestros hijos para que afronten el futuro con la riqueza de valores, perspectivas y recursos que caracteriza a nuestro pueblo, para que éste se reproduzca en ellos, un concepto clave a considerar es que la sociedad se constituye y funciona en proceso. En lo social no hay fotos congeladas. No hay cortes ni saltos en el tiempo, ni nadie se inventa ni aparece en la palestra del mundo desde el vacío, ex nihilo. Un concepto fundamental, por tanto, es el del hilo conductor del sujeto en estos procesos. Y el hilo conductor que posibilita transmitir y desarrollar la identidad de los pueblos es la historia. Sin una lectura de nosotros mismos, de nuestra historia, la perspectiva del sujeto, su continuidad, la identidad colectiva en suma, carece de sentido. No hay identidad sin historia, por decir de otro modo la cita del catalán Requejo.
Hace unos días el escritor Quim Monzó contaba un breve asunto, el relato de una noticia que le había impresionado. Lo sacó del Daily Telegraph: “Una residencia geriátrica alemana ha creado una falsa parada de autobuses para evitar que los pacientes con alzheimer se escapen. La parada, justo enfrente del geriátrico Benrath, en Dusseldorf, es una réplica exacta de una parada normal, pero ningún autobús se detiene ahí. La idea surgió después de que la residencia tuviese que pedir ayuda a la policía para recuperar a pacientes que querían volver a sus casas, con sus familias, pero que habían olvidado que en muchos casos ni las unas ni las otras existían ya. Sin ningún problema, la red de transportes públicos les instaló una falsa parada (…) Reconocen el poste amarillo y verde de la parada y recuerdan que, esperando ahí, se vuelve a casa. ‘Nos acercamos a ellos, les decimos que hoy el autobús pasa más tarde y les invitamos adentro, a tomar un café. Cinco minutos después han olvidado por completo que querían irse”.
El relato de Monzó expresa una triste parodia de lo que queda de los sujetos que olvidan su memoria, un juguete en manos ajenas. Y es lo que nos espera si renunciamos a nuestro currículum: un futuro sin salida; una parada en la que nunca se detienen los autobuses; una triste jugarreta en la que nuestra identidad queda abandonada a las tomaduras de pelo.
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